Por Dr. Victor Ramirez Amaya
Los seres humanos contamos con la capacidad de adaptar nuestra conducta para integrarnos adecuadamente a nuestro entorno. La resiliencia es esa habilidad que nos permite superar las situaciones que percibimos como riesgosas y al hacerlo, podemos superar nuevos y mayores retos.

¿Qué es lo primero que pensamos al ver una delicada copa de vino o un florero de porcelana cerca de niños corriendo? ¿Fragilidad, peligro, riesgo?

Así como etiquetamos a esos objetos como “frágiles”, también construimos una imagen de nosotros mismos. Identificamos nuestros aspectos de fragilidad y las situaciones que percibimos como adversas (1), y al percibirlo así, tendemos a mantener un estado de alerta y defensa continuo, e hipersensible ante esa situación o situaciones parecidas.

El neurocientífico Bruce McEwen (2) le llamó a esta hipersensibilidad o persistencia de la respuesta al estrés, “carga alostática”, y mediante este concepto hoy explicamos el desarrollo de vulnerabilidad al estrés en el individuo.
McEwen, quien inició su línea de investigación con los mismos intereses que dieron origen al Instituto Ferreyra (el estudio de las relaciones neuro-endócrinas), encontró que ante el estrés, no solo tenemos una serie de respuestas conductuales y cognitivas, sino también una variedad importante de respuestas fisiológicas (3). Estas respuestas biológicas al estrés incluyen, entre otras, la liberación de adrenalina y corticosteroides, con los que se prepara el cuerpo para responder efectivamente ante lo que percibimos como un riesgo.

Desafortunadamente, la “carga alostática” o “acumulación de estrés”, hace más vulnerable al organismo y está relacionada con el desarrollo de diversas patologías como el trastorno de ansiedad y la depresión (4-5-6), enfermedades crónicas como la obesidad y la diabetes (7), problemas cardiovasculares (8) y posiblemente el cáncer (9).
Si por el contrario, percibimos que hemos superado la situación de riesgo, desarrollaremos resiliencia. En este caso regulamos la liberación de las señales hormonales para mantenerlas en baja intensidad y corta duración. Y así, la experiencia amenazante es superada y posteriormente un reto semejante será percibido con la certeza de poder superarlo.

Ante una amenaza, parecería lógico buscar poner nuestros aspectos frágiles bajo resguardo, buscar tranquilidad y/o confort, como sería ponerle al florero una protección o quitar la copa de su ubicación en la orilla de la mesa. Pero si la amenaza fuese más intensa, como un terremoto, estas medidas serían fútiles, nuestras acciones puramente defensivas habrían solo postergado la desintegración del objeto.
Es por eso que la mejor opción ante las situaciones de riesgo es desarrollar la capacidad de percibir la forma de superarlas, de esa manera, los seres humanos tenemos la capacidad de vivenciar un “proceso resiliente”. El mismo consiste en modificar la percepción de la capacidad que tenemos de controlar nuestra conducta. De esta manera, logramos aumentar la confianza en nuestras propias capacidades y logramos una mejor adaptación a nuestro entorno.

La resiliencia es un proceso o habilidad que adquiere el organismo, mediante el cual moldea los circuitos neuronales y las respuestas biológicas de nuestro cuerpo. Esto nos permite aprender a lidiar con los retos que impone un medio ambiente constantemente cambiante.

En los últimos años hemos aprendido más sobre cómo el sistema nervioso desarrolla la resiliencia. Los circuitos involucrados incluyen partes de lo que se describió originalmente como el sistema límbico (cerebro emocional) y hoy conocemos como sistema de las recompensas. En él se incluyen regiones como el área ventral tegmental, el núcleo acumbens (relacionadas con la dopamina y los estados motivacionales), la corteza prefrontal (relacionada con el control cognitivo), así como el hipocampo y la neurogénesis que ocurre en su giro dentado en el animal adulto (relacionado con la capacidad de aprender información episódica y la habilidad de adaptarse a nuevos ambientes), y al parecer la atrofia de los circuitos amigdalinos (relacionados con las respuestas defensivas), lo que estaría relacionado con la resiliencia.

Hoy en día se está estudiando activamente a la resiliencia desde la perspectiva de la psicología, la psiquiatría y las neurosciencias, con la expectativa de que al aprender a guiar al individuo para desarrollar resiliencia, estaremos aprendiendo a entrenar a los individuos a prevenir la aparición de problemas como la ansiedad y la depresión, y posiblemente otras enfermedades. Por esta razón es tan importante desarrollar resiliencia a lo largo de nuestras vidas.

 

Referencias
1.- Taleb NN. (2013) Antifrágil, Ed. Paidós,
2.- McEwen BS. (1998) Stress, adaptation, and disease. Allostasis and allostatic load. Ann N Y Acad Sci. 840:33-44.
3.- McEwen, BS., Gray, JD, Nasca, Carla. (2015) Redefining neuroendocrinology: stress, sex and cognitive and emotional regulation. J Endocrinol. 226(2): T67–T83.
4.- Soria CA1, Remedi C1, Núñez DA2, D’Alessio L1, Roldán EJ2. (2015) Impact of alprazolam in allostatic load and neurocognition of patients with anxiety disorders and chronic stress (GEMA): observational study protocol. BMJ Open. 5(7):e007231.
5.- McEwen BS. (2017) Neurobiological and Systemic Effects of Chronic Stress. Chronic Stress (Thousand Oaks). Jan-Dec;1.
6.- Kobrosly RW, van Wijngaarden E, Seplaki CL, Cory-Slechta DA, Moynihan J. (2014) Depressive Symptoms are Associated with Allostatic Load among Community-Dwelling Older Adults. Physiol Behav. 123:223-30.
7.- Steptoe A, Hackett RA, Lazzarino AI, Bostock S, La Marca R, Carvalho LA, Hamer M. (2014) Disruption of multisystem responses to stress in type 2 diabetes: investigating the dynamics of allostatic load. Proc Natl Acad Sci U S A. 111(44):15693-8.
8.- Logan JG1, Barksdale DJ. (2008) Allostasis and allostatic load: expanding the discourse on stress and cardiovascular disease. J Clin Nurs. 17(7B):201-8.
9.- Parente V1, Hale L, Palermo T. (2013) Association between breast cancer and allostatic load by race: National Health and Nutrition Examination Survey 1999-2008. Psychooncology. 22(3):621-8.

 

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